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Entrevista a David Card por Tomás Rau

En la última edición de la Revista Universitaria UC se publicó una entrevista exclusiva realizada por Tomás Rau, director del Instituto de Economía, a David Card, Premio Nobel de Economía y quien fue su guía de tesis doctoral en la Universidad de California, Berkeley. Lee a continuación la entrevista donde Card profundiza en los efectos de la migración en los salarios de los trabajadores locales.

David Card: El economista que desafía los paradigmas:

Ha sido uno de los pioneros en la incorporación de los experimentos naturales para contestar preguntas causales. Parte de su investigación se ha centrado en los efectos en el mercado laboral de los inmigrantes. Sobre estos afirma que prácticamente no existe evidencia empírica de que un aumento en la migración tenga un efecto negativo en los salarios de los trabajadores locales.

Cuando contactamos a David Card (66 años) aceptó esta entrevista con una sola condición: que dejáramos pasar la entrega del Premio Nobel de Economía, que sería en Estocolmo el 10 de diciembre 2021. Después de eso, encantado de conversar; una actitud no esperable cuando se trata de una distinción que altera la vida de cualquiera. La de él, no.
Había rumores fuertes de que ese año el galardón sería otorgado a una mujer de un país emergente, porque solo en dos ocasiones lo habían recibido y siempre acompañadas de hombres. Pero, finalmente, los distinguidos fueron el canadiense David Card, junto al estadounidense Joshua Angrist y el holandés Guido Imbens.

EL LADO CULTURAL

Las migraciones están alterando el escenario mundial, en muchos sentidos y han dado lugar a incontables noticias falsas. Para un especialista en economía laboral, como Card, era necesario que su disciplina reaccionara con evidencias científicas. Y esto es, justamente, lo que destaca el Premio Nobel; que sus estudios ofrecen metodología y datos duros que permiten entender, entre otras cosas, los efectos de los desplazamientos migratorios masivos.

—En Chile estamos con una situación de influjo sur-sur con migrantes de Venezuela y Haití entre otros países. ¿Por qué cree que es un tema tan controversial? ¿Es por razones económicas o por otros aspectos, como los sociológicos?
—Publiqué un estudio hace unos diez años, con Christian Dustmann e Ian Preston, donde tratamos de responder eso en el contexto europeo. Hicimos una serie de cuestionamientos para obtener la visión de los europeos sobre los efectos de la inmigración en la economía y otras preguntas orientadas a obtener sus impresiones de cómo este fenómeno cambia la composición de los vecindarios y la sociedad que los rodea. Descubrimos que, si tomábamos esos dos aspectos, y luego preguntábamos cómo se sentían en cuanto a la
idea de más o menos inmigrantes, cerca del 75% de las respuestas se explicaba por temas de composición del vecindario y solo el 25% por aspectos económicos. Pero encontramos respuestas extrañas como, por ejemplo, que las visiones más fuertes en relación con los impactos en lo económico venían de gente mayor, jubilada, de áreas rurales. Y estoy seguro de que eso también es cierto en Chile (risas)… Lo curioso es que, primero, ya están retirados, así es que no les afecta en sus empleos. Segundo, en lo que les concierne, en países como Canadá o en Europa los inmigrantes van a ser sus enfermeros o médicos y recibirán servicios de ellos. En tercer lugar, para esos jubilados que viven en áreas rurales, no en las grandes ciudades, lo habitual es que tengan un número muy reducido de inmigrantes. Sin embargo, esas son las personas más negativas al respecto, tanto en lo económico como en la composición del vecindario; defensores de la vieja usanza, la cultura existente, la lengua, la religión y la composición racial.
En el caso de ustedes uno ve diferencias entre los chilenos y los haitianos, su lengua, su raza, su religión, todo en relación con ellos es distinto. Pero con los venezolanos, uno pensaría que pueden introducirse y nadie notaría una diferencia hasta que comenzaran a hablar.

—Estaba mirando datos antes de esta entrevista y los venezolanos tienen un nivel educacional más alto que el promedio chileno.
—¿Entonces, sería lo mejor que le podría pasar a Chile en el largo plazo, no es cierto? Venezuela fue una economía próspera. Luego, si reciben emprendedores y gente educada que pueden hacer negocios y crear empleos, eso probablemente sea un aporte para la economía chilena.

—Es cierto.
—Entonces, ¿cuál es la preocupación con la inmigración de Venezuela? ¿Solo los números?

—Puede ser. El flujo de venezolanos en la última década ha sido alto, cerca de medio millón. Creo que no estábamos acostumbrados a grandes flujos de inmigrantes, somos un país pequeño.
—Eso es impresionante. No sé, a mí me parece que las personas que están dejando Venezuela están más alineadas con las tendencias mundiales que con las ideas de los que rigen ese país actualmente.

ROLES COMPLEMENTARIOS

—En relación con lo que usted menciona, que los efectos de “composición” son más importantes que los económicos y, a propósito de su pionero trabajo sobre el éxodo de Mariel (oleada migratoria de cubanos a Estados Unidos, en 1980), luego de 40 años: ¿Cuál es su impresión de la inmigración o qué cree usted que cambió, específicamente en relación con los impactos económicos que fueron tan estudiados?
—En economía, la crítica más sistemática y fuerte, creo, a la inmigración y sus efectos en el mercado laboral es la de George Borjas. Sus cálculos sobre los efectos en Estados Unidos eran que reduciría los salarios de los menos educados en un 4 a 5%. Esto basado en simulaciones de un modelo simple de producción. Pero, si uno cambia algunos supuestos del modelo, particularmente, cómo trabajadores inmigrantes y locales del mismo nivel de educación y edad se relacionan, los efectos son menores. Uno podría decir que desde 1980 hasta el presente los salarios reales de los trabajadores de la cuarta parte inferior de la fuerza de trabajo tuvieron una caída real del orden del 20%. Y el efecto que encuentra Borjas (de 4%), es a lo más un 20% de dicha caída, aunque yo creo que eso es exagerado. Si uno compara diferentes ciudades y estudia fenómenos de cómo se disparan los flujos inmigratorios siguiendo patrones de asentamiento anteriores, no se puede encontrar evidencia empírica de que un aumento en la inmigración tenga un efecto negativo en los salarios de los trabajadores locales, la mayoría de las veces.

—¿Y eso está de alguna manera relacionado con cuán sustitutos o complementarios son los trabajadores inmigrantes versus los locales?
—Parcialmente, creo que sí. Giovanni Peri ha publicado una serie de estudios interesantes que afirman que cuando los inmigrantes llegan a una zona, los trabajadores locales que podrían ser competitivos con dichos individuos cambian los tipos de trabajo y se vuelven complementarios en términos económicos. Un ejemplo es lo que ocurre en nuestra zona del norte de California; si uno observa las empresas constructoras, muchas veces hay una cantidad de inmigrantes que trabajan con alguien que puede ser el propietario de la empresa o un supervisor de nivel intermedio, que es un local. Lo que ahí sucede es que los locales que permanecen en la construcción suben de grado porque hablan inglés, eventualmente, tienen alguna capacitación formal o saben leer mejor que los inmigrantes. Es posible que los pocos locales que se queden haciendo lo mismo estén peor, pero es muy difícil decirlo a partir de la información disponible.

LA REVOLUCIÓN EMPÍRICA

Card fue premiado por su aporte metodológico. Considerando que hay áreas donde la economía no ha podido dar evidencia científica a sus teorías, comenzó a utilizar “experimentos naturales” (eventos que por causas exógenas producen una asignación aleatoria de un tratamiento y que permiten acercarse al ideal de un ensayo clínico), camino al cual se sumaron los otros dos premiados, los que aportaron econometría, completando el círculo.

El Premio Nobel lo reconoce como el autor de los primeros estudios modernos sobre migración y mercados laborales. Nacido en Guelph, Canadá, en 1956, graduado de Bachelor of Arts en la Universidad de Queen, Ontario (1978), y doctorado en Economía en Princeton (1983, Estados Unidos); luego de trabajar como profesor en las universidades de Chicago y Princeton, se instaló en Berkeley en 1998, en la Universidad de California. Él mismo puede ser definido como “un migrante exitoso”.
Una década antes había comenzado a investigar en el mercado laboral las diferencias relacionadas con el género y la raza, incidentes también en las migraciones. En 1995, ya se le había distinguido con la medalla John Bates Clark de la Asociación Económica Estadounidense, otorgada al economista menor de 40 años cuyo trabajo haga una contribución significativa al campo de la economía. Luego, no cesarían los reconocimientos. Solo le faltaba el de Estocolmo.
Sobrio, de su trayectoria ha dicho, más de una vez, que “gran parte de mi trabajo se ha centrado en cómo funciona el mercado laboral para las personas menos calificadas”. Él mismo se interesa en la realidad chilena, como nuevo país receptor de migrantes. Quiere saber, por otra parte, si la población local está aumentando.

—En Chile estamos creciendo, pero a una tasa que puede que en veinte años más no sea suficiente para compensar a quienes están muriendo. En ese sentido la inmigración ayudaría.
—Hay muchos países en esa situación, cada vez más. Estados Unidos está llegando a eso, Canadá hace mucho tiempo, pero sigue con mucha inmigración. En Australia y Nueva Zelanda es más o menos lo mismo. China, Japón, Corea son casos bien conocidos. Esos
países, básicamente se están achicando en términos de población. Estamos en una nueva era de declinación de la población y no hay realmente modelos para ver qué sucede con el crecimiento cuando un país se vuelve más pequeño cada año. Implica que una serie de cosas no funcionarán de la misma manera que lo hacían con una población creciente, como la seguridad social; cada nueva generación tiene que dar más y más de su riqueza
a la generación precedente y no a la inversa.

—Entonces, ¿cómo explica que recibir un flujo masivo de inmigrantes no causará daño alguno a los salarios de los locales?
—Para explicar esto debo volver al año 1800. Thomas Malthus desarrolló su teoría basando su estudio en los efectos de una gran plaga y demostró que después de ella, la gente estaba mejor que en los 1800, que la calidad de vida subió. Ahí planteó que si los trabajadores solo pueden laborar en la tierra –en una economía agrícola–, y la cantidad de suelo es fija, un aumento del número de trabajadores implica que habrá más y más gente tratando de vivir en suelos cada vez peores. Entonces, si hay menos personas, se cultivan las mejores tierras y todos son un poco más productivos. Los economistas ya no creen eso, en el periodo neoclásico la gente se dio cuenta de que la mayoría ya no estaba trabajando con la tierra, sino con capital; y se puede generar más capital. Entonces, la teoría moderna del crecimiento, que comenzó hacia 1890 y se desarrolló en los años 30 del siglo pasado, y aún más después, explicó por qué las teorías de Malthus ya no son aplicables. Dice que, si se puede mantener una cantidad de capital por persona más o menos constante, no se limitará la productividad del trabajador al aumentar la población. Es por eso que los expertos en macroeconomía ya no piensan que es malo que hayan más individuos, ni piensan que las ciudades pequeñas sean mejores que las grandes, ni que los países pequeños sean mejores que los grandes. De hecho, la mayoría de las naciones está tratando ahora de promover el crecimiento de la población. Hay incentivos de todo tipo por niños nacidos, entre otros.

—Exactamente…
—Ese es el punto de partida. Si puedes equilibrar el crecimiento de la población compensando la disponibilidad de herramientas, edificios, carreteras, automóviles y camiones, maquinaria… Pero si uno lo piensa, ¿qué máquinas se necesitan hoy para trabajar? En muchos casos es solo un computador. Internet puede crecer a una escala infinita, de modo que hay una buena parte de la economía que casi no necesita muchos recursos. Por lo que creo que hay gente equivocada. Por una parte, están todos los países que desean tener más población: Canadá, Gran Bretaña, que ven el crecimiento de ella como algo positivo, aunque hay un problema si migra demasiada gente de una vez, porque es posible que ahí no logres aumentar el capital con la rapidez necesaria. Y hay otro problema, ¿qué sucede si todos los inmigrantes tienen las mismas capacidades, cuando la economía requiere de toda clase de ellas? La situación de Estados Unidos es similar a la de Chile; recibimos migrantes educados de Asia (como los venezolanos en Chile) pero también recibimos personas con baja educación de México, El Salvador, Honduras (como los haitianos en Chile), con lo que se logra un cierto equilibrio, de una manera casi perfecta.

LOS MARGINADOS DEL PROGRESO


—Usted habló de internet y de tecnología en general, y muchas empresas tecnológicas están contratando gente alrededor del mundo, sin tener que vivir en el país de la empresa. ¿Cree que eso va a cambiar los flujos migratorios, que puede hacerlos disminuir?

—Es muy interesante, porque donde sea que trabajen tienen que pagar los impuestos locales, y así pueden contribuir en sus países. Creo que será una opción que tomarán cada vez más empresas. Es una versión distinta del outsourcing. Las empresas tecnológicas tienen cierto tipo de empleos que se pueden realizar en países de sueldos bajos, como cuando uno tiene un problema con un equipo y llama a un call center y te responden
desde India, país que tiene una gran ventaja porque ahí la mayoría habla inglés. No sé qué sucederá con esto, pero creo que será muy interesante.

—Volviendo al tema de la declinación en la población de algunos países, es bastante incierto lo que sucederá.
—Creo que esa es una muy buena pregunta para el futuro. Y sospecho que lo que pasará, más allá de nuestro tiempo, en unos cuarenta años o algo así, es que habrá competencia por el personal, lo que sería algo sorprendente para la sociedad humana. Por primera vez habrá personas queriendo personas (risas). Creo que será interesante pensar qué ocurrirá en los países donde declina la población.

—Eso cambiaría la forma en que vemos la inmigración, en unos pocos años más…
—Esto ya lo vemos en el nivel más alto de la educación en Estados Unidos. El porcentaje de estudiantes extranjeros en los programas de PhD, en la mayoría de las disciplinas, es muy superior al 50%. Y entonces, si uno va a una empresa tecnológica y pregunta qué científicos de datos están trabajando ahí, verá que casi no hay nacidos en Estados Unidos. Así es que ya casi estamos en ese punto, pero es solo que la gente no lo sabe. Aunque ya lo esté viendo con los médicos. La fracción de médicos asiáticos es impresionante; casi no hay, por ejemplo, dentistas no asiáticos en California.

Card apaga la comunicación. Sigue siendo el mismo, con o sin Nobel, fiel a su vocación que lo llevó a fijarse en los que quedan marginados de los logros del progreso, y no en los ganadores.


Un maestro cercano
Mientras realizaba mi doctorado en Berkeley, entre 2001 y 2007, David Card guió mi tesis doctoral lo que se tradujo en una experiencia formativa única, de mucha cercanía y humildad intelectual que he intentado replicar con mis estudiantes. El vínculo se siguió estrechando cuando en 2009 coordiné la visita del hoy Premio Nobel a Chile. Lo que sería una visita académica acotada se extendió por dos semanas, con reuniones con ministros y viajes por más de alguna ruta del vino. En 2013, fui invitado por Card como profesor visitante al Center for Labor Economics en UC Berkeley y permanecí allá un semestre investigando distintos temas en Economía Laboral. Con el tiempo, hemos desarrollado una amistad y en junio de este año he sido invitado a una conferencia que se realizará en honor a David Card en Berkeley por motivo de su cumpleaños número 65, que iba a ser el
año pasado, pero se postergó por la pandemia.